Frases que detesto (y que por un especie de karma leo con mucha frecuencia):

  • En esa película no ocurre nada. (Y sí, yo también lo he dicho de alguna pero… ¿de Lost in Translation? ¿no ocurre nada en Lost in Translation?)
  • A mí me gustan las mujeres, mujeres. (Que alguien me explique y con urgencia lo que significa ser una “mujer, mujer” a ver si me acerco o tengo que empezar a tener crisis de identidad. Por ahora creo que se suelen referir a que lleve el pelo largo aunque no sé exactamente cuánto.)
  • A mí me gustan femeninas. (Esta es una variante de la anterior que no me irrita tanto, el problema es que parece que “femenina” se ha convertido de un tiempo a esta parte en eufemismo de “estar buena” y cuando una dice que es femenina no está queriendo decir solamente que viste de una u otra manera, sino que además es mona. Pero por si alguien no se ha enterado aún existen chicas de pelo largo, minifalda y tacones… y feas.)
  • Esta película es una mierda porque no he entendido nada. (El de ésta frase y la primera suelen ser la misma persona.)
  • Para estar con una mujer así estoy con un hombre. (Se entiende que “una mujer así” es un eufemismo de “una marimacho”.)

Una de las maneras de darte cuenta de lo que has cambiado es leer cosas que escribías hace años. Es vergonzoso, siempre, o casi siempe, a poco que hayas mejorado (o tú creas que lo has hecho, claro). En mi caso lo indudable es que he cambiado muchísimo aunque creo que moralmente a peor.

Hace años solía hacer alarde de lo poco que me gustaban los prejucios, y en los tests, cuando me hacían la típica pregunta de “¿qué es lo que más te molesta en el mundo entero?” (si no era así se le parecía) muchas veces contestaba en plan “que te juzguen sin conocerte”. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que los prejuicios muchas veces no solo no son malos, sino que incluso son absolutamente necesarios. Quiero decir: en el mundo existen muchísimas películas, muchísimos libros, se puede conocer a muchísimas personas… Pero la vida no es tan larga y de alguna forma hay que seleccionar. Y todos lo hacemos, aunque algunos lo hagamos de forma menos políticamente correcta. Por ejemplo, yo podría decir: me niego a conocer más profundamente a alguien que tenga miles de faltas de ortografía cada vez que escribe, porque juzgo que si hace eso (en un chat vale, pero en un texto más elaborado…) luego va a ser una persona poco detallista en general, o que no se preocupe por las cosas. Y seguro que detrás de alguien así te puedes encontrar a una persona majísima, pero… no. Además, por feo que sea, lo cierto es que los prejuicios (igual que los estereotipos) suelen estar ahí por alguna razón, y a poco agudo que seas no sueles fallar y es una pérdida de tiempo que te ahorras.

Siempre (bueno…) he admirado a la gente que corre para no perder el Metro. Los que bajan ultrarápido las escaleras y no se rinden aunque ya esté sonando el silbato y las puertas a punto de cerrarse.

Yo no me atrevo nunca, lo reconozco. Me dan pánico demasiadas cosas: tropezar y caerme escaleras abajo, correr y sudar como una estúpida para que se cierren las puertas en mis narices, quedarme atrapada entre ellas… Es un miedo bastante irracional (aunque una vez vi a un hombre que, con tal de entrar, intentó parar las puertas con las manos para pasar y se le quedaron atrapadas) pero está ahí, tan fuerte que no echo a correr ni llegando tarde a un examen.

Mi estrategia cobarde suele ser intentar agudizar el oído para saber si ya está llegando y calcular si podría llegar a paso normal o tengo que correr, en este caso camino incluso más lentamente para dar una sensación de indiferencia tipo “bah, voy con tiempo de sobra”, “paso de todo”, “tengo demasiada clase para correr como una desesperada”, “hoy he tenido un día muy duro, estoy realmente cansada como para eso”… Alguna vez, incluso caminando, he llegado con tiempo porque el tren ha estado parado más tiempo del normal. Entonces subo al vagón triunfante, ya con expresión “¿veis? lo tenía todo calculado, ¿para qué correr?”

Lo peor es cuando vas acompañado y la otra persona no es tan rara o tan retorcida mentalmente como tú y simplemente corre y punto, y me toca ir detrás rezando para que no entre ella mientras yo me quedo tirada en el andén. En fin, me pregunto si alguien más se comerá la cabeza todas las mañanas con esto…

Este año el frío no me ha conquistado. Me dan igual el chocolate caliente, los abrigos, leer con el sonido de la lluvia de fondo y todos los lugares comunes de la temporada: prefiero pensar en helados, pantalones cortos, viajes, días sin clase, leer en la playa… Así que como echo horriblemente de menos el verano voy a hacer una pequeña (y muy personal) selección de películas, canciones, imágenes que me recuerdan a él.

Una de mis primeras fotos "lomo", en Fuerteventura

Canciones veraniegas

  • Mi canción del verano 2010: Lo que me gusta del verano. Una canción dedicada al helado no podía dejar de gustarme, más todavía cuando tiene un videoclip tan bien hecho con barco y baile tonto de colegio incluido (no puedo dejar de imaginarme un concierto con el público bailando eso a lo flashmob).
  • Keep it clean. En realidad podría haber elegido la más obvia Swimming pool, French navy o casi cualquiera de Camera Obscura, pero esta es para mí la más evocadora de todas y que representa el verano lánguido, los momentos en los que tomas el sol y el calor te adormece.
  • El bello verano. De Family, por su suavidad, su nostalgia veraniega y su amor juvenil. “Tengo ganas de fiesta, de que acabe el invierno, de volver a nadar en el mar…”.
  • Summercat. La canción de un anuncio que me dio ganas de beber cerveza. Verano idealizado al completo: gente guapa, calas de ensueño, fiestas y dinero, claro (de dónde sino esos barcos…). Este año volvieron a intentar el pelotazo con Applejack pero no les salió tan bien, aunque la canción es pegadiza y el video turístico tan bueno como el anterior.
  • Wouldn’t it be nice. Tipiquísima, pero efectiva.
  • Siempre brilla el sol. Cualquiera de las canciones alegres (vamos, casi cualquiera de las canciones) de La casa azul podría valer, pero esta es la más clara, y me encanta su estribillo cursi con campanas de fondo.

Otra más, en Nerja

Libros y películas

Se me ocurren muchísimos menos, así que para qué separarlos.

  • Buenos días, tristeza de Françoise Sagan. Imprescindible por encantador. También tiene película pero, aunque para el tema veraniego pega igual y Jean Seberg borda a Cécile, la protagonista, el libro es mucho más evocador.

Abrí los ojos: el cielo estaba blanco por efectos del calor. No contesté a Cyril. No me apetecía hablar ni con él ni con nadie. Me tenía aplastada contra la arena toda la fuerza del verano, notaba los brazos pesados, la boca seca.

– ¿Estás muerta? – dijo -. De lejos, pareces un náufrago abandonado…

Jean Seberg

  • Adventureland de Greg Mottola, una película con mil ingredientes para ser, además de buena, encantadora (¿todo me parece encantador o me gustan mucho las cosas encantadoras?): el bueno de Jesse Eisenberg haciendo de un “pardillo” con el que muchos nos sentiremos identificados, Kristen Stewart en estado de gracia y haciendo uno de los personajes más naturales y seductores a la vez que recuerdo, ambientación retro, un parque de atracciones, primeros besos… (todo durante el verano, claro).
  • 500 días juntos de Marc Webb. Quizás con el título original (500 days of Summer) pegaría más todavía, pero no es el tema. La película no tiene en sí demasiado que ver con esta época del año, más allá del nombre de la protagonista, pero es una película ligera, con una música genial, también ambientación retro y unos vestidos geniales de Zooey Deschanel. Suficiente.
  • Pauline en la playa de Éric Rohmer. A falta de ver Cuento de verano (sobre lo poco que he visto tendría mucho que decir, y por ahora no es bueno), Pauline en la playa me parece veraniega por excelencia, líos emocionales y de nuevo un personaje adolescente. La coleccionista me gusta más y además también está ambientada en unas vacaciones de verano, pero me imagino viéndola en un día de calor y a lo mejor se me derretiría el cerebro…

La coleccionista

Algunas fotografías porque sí:

Ana V. Francés

Ryan McGinley

Me intriga muchísimo la gente que hace trayectos largos (ya sea en autobús, en tren o en avión) sin ningún entretenimiento. Yo soy muy planificada y necesito llevar siempre una oferta variada, tipo un libro + una revista + el mp3. Y sobre todo, ahora que lo tengo, el netbook con varias películas: una más comercial y divertida, otra mejor pero más lenta… Así puedo jugar con mis apetencias durante el viaje e ir pasando de unas cosas a otras para no aburrirme.

Entiendo que pueda ser un poco obsesivo pensar tanto en algo así, y respeto totalmente a las personas que se llevan un libro y ya. Pero en mis últimos viajes en autobús (con 6 horas por delante) me he dado cuenta de que hay muchas personas que no leen nada, no escuchan nada, no hacen nada. Algunas, ni dormir, o lo hacen poco. ¿En qué piensan durante tanto tiempo? ¿Hacen un repaso completo de su biografía? ¿No se aburren mortalmente? ¿Y por qué no lo pensaron antes?

Woody Allen es un personaje de una película de Woody Allen.

Sobre su relación con Soon – Yi:

Pregunta. ¿Así que empezó a encontrarse en secreto con ella?

Respuesta. No. Volví, a llevarla a un partido, quizá un mes después. y esto se repitió unas cuantas veces. Empezamos una relación. Era estrictamente… no quiero decir una relación intelectual, porque no estoy diciendo que discutiéramos sobre Kant ni nada parecido, pero sí que charlábamos sobre cosas diversas.

Pregunta. ¿Pero se enamoró de ella?

Respuesta. Sí, si. Mi propensión al drama. ¿Qué puedo decir?

Leído en “Ella es más madura que yo”.

Despertarte y ver que todavía tienes un par de horas para seguir durmiendo.
Encontrar en tu buzón el nuevo catálogo de Ikea.
Abrir el congelador y tener helado de chocolate (luego llega la culpabilidad, pero…).
Estrenar nuevo gel de baño y que huela riquísimo.
Prepararte un Colacao en tu taza favorita.
Tumbarte en el sofá con las piernas colgando por el apoyabrazos.
Probarte incontables veces la ropa nueva delante del espejo.
Revelar tus primeras fotos “lomo” y sentirte orgullosa de hacer un collage con ellas aunque te hayan salido más mal que bien.

(Y escribir el primer post de tu blog tirada en tu nueva cama – ¡de matrimonio!).