Anoche volví a Madrid después de 2 meses. No es mucho tiempo y, sin embargo, fue extrañísima la sensación al llegar a Atocha en tren. Y más rara aún mientras cogía el metro. Era, un poco, como si nunca hubiera estado en esta ciudad y fuese una total desconocida, y otro poco como si, al contrario, la ciudad me pesara demasiado. Es curioso cómo los lugares van cambiando de significado para nosotros a medida que pasa el tiempo, incluso a veces muy deprisa: un día puedes soñar con una ciudad y, de repente, sentir que se te caen las calles encima.

A mí me ha pasado. He vivido en cuatro ciudades. A una se la quiere irreflexivamente porque es tu casa. A otra te acostumbras. Otra, intentas quererla. Y Madrid, que fue muchos años un sueño y después una realidad en la que me sentía tan cómoda como en mi propia casa. Y que ahora la única sensación que me deja es de fracaso y extrañeza. Es un poco ingrato, porque la ciudad no te hace ningún daño, eres tú el que te ganas a pulso la decepción; pero aún así cuesta respirar en la misma ciudad en la que creíste una vez que ibas a comerte el mundo.

(Pero que no quede mal sabor de boca: no todo son miserias. También, a veces, se recuperan ciudades. Puedes recorrer lugares que no pensaste que volverías a pisar. Como ese cartel de tráfico gigante que fotografiaste hace cuatro años. Ahora estás otra vez delante de él cuando, sinceramente, no sabías si volverías a verlo, y te das cuenta de que está todo en su sitio prácticamente igual que antes, salvo tú, que has cambiado, para bien. Puedes volver a escuchar la megafonía de la estación de Sants; “AVE amb destinació Alacant”… – pero ahora tu camino es otro -).

Julia Fullerton-Batten

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