El otro día en el Metro una mujer leía “El monje que vendió su Ferrari, una fábula espiritual”. Soy bastante reacia a los libros espirituales o de autoayuda, desde los de Jorge Bucay o Paulo Coelho a los tipo “¿Quién se ha llevado mi queso?” (aunque reconozco que hace unos años compré este y no estaba del todo mal), así que enseguida mi cerebro se puso en marcha y al momento tenía ya formada una idea mental sobre el posible argumento del libro. Estaba claro: un monje que dedica su vida al ascetismo y que nos cuenta lo malo que es el dinero y lo gratificante que es, espiritualmente hablando, la austeridad y la vida interior alejada del materialismo y todo eso.

Bueno, de hecho busqué el argumento y no trata sobre eso, pero la idea del dinero ya no podía quitármela de la cabeza. Siempre he pensado que los que suelen decir que “el dinero no da la felicidad” son aquellos a los que les sale por las orejas… y así cualquiera. Es cierto, y es evidente, que no es lo más fundamental en la vida, y que tan importante es tenerlo como poder compartirlo y no acabar siendo un Scrooge forrado de pasta y más solo que la una. Pero, en el otro extremo, creo que eso de “feliz y sin un duro” es un mito, y más en la época en la que estamos que a muchas familias lo que les falta para ser felices es precisamente poder vivir cómodamente sin pasar apuros económicos.

Da la sensación además de que existe una especie de dicotomía, algo así como “pobre pero buena persona/rico sin escrúpulos”. Es una obviedad pero… no tener dinero no te hace mejor persona, no te hace disfrutar más de lo poco que te da la vida, ni te da más vida interior ni nada por el estilo, al igual que tener dinero no te hace necesariamente más superficial.

Tener no es signo de malvado
y no tener tampoco es prueba
de que acompañe la virtud.

(Canción de Navidad, Silvio Rodríguez)

Así que a los que les sobre y crean que estarían mejor sin él: acepto toda clase de regalos, sólo ponerse en contacto conmigo y les remito a mi wishlist, también pueden hacer un donativo con la cantidad que prefieran, y no se preocupen por mi dignidad que es tan, tan íntegra como los principios de Groucho Marx.

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