Ya que me reclaman por ahí que actualice el blog, y que no estoy muy inspirada (por no decir nada inspirada) últimamente, voy a contar aunque sea una anécdota que ocurrió hace unos días pero que no he digerido del todo hasta hoy.

La verdad es que yo normalmente reniego bastante de la asociación típica entre vejez y sabiduría. No es que no crea que haya ancianos con mucha experiencia a sus espaldas, sino que en general creo que todos los colectivos son muy heterogéneos y no me gusta glorificar o despreciar (como en el caso de la típica frase “los jóvenes de hoy en día…) a un grupo de gente tan amplio. Además, por mi carácter, soy una persona que se irrita con bastante facilidad, un problema de impaciencia, vamos: me pone de mal humor repetir las cosas, que se entrometan en mis cosas o tener que dar detalles de lo que hago, etc. En general me pone de mal humor tener a una persona encima o tener que estar encima de alguien (salvo excepciones – lo siento, no podía evitar el chiste fácil), así que mi relación con niños y yayos es bastante nula por mala imagen que pueda dar de mí.

Pero el otro día mi abuela me dio una sorpresa agradable (al menos por una de las partes). Discutía con mi madre sobre su matrimonio y cómo era mi abuelo el que tomaba las decisiones. Yo nunca la había escuchado hablar sobre ese tema, o ninguno, y me sorprendió que se quejara de que nunca había salido, de que siempre estaba en casa, etc. Es curioso cómo a pesar de considerarme feminista e interesarme tantísimo este tema nunca me haya parado a pensar o indagar sobre algo que tengo tan cerca. Pero lo que más me llamó la atención fue cuando mi madre le dijo “tú sí salías, ¿cómo que no? cuando tenías los chiquillos, que salíais todas con los niños…” y mi abuela le respondió “claro, con los chiquillos, pero él salía solo”.

Ya os digo que en su momento me sorprendió pero no le di más vueltas, pero hoy venía pensando cómo es posible que en una sola frase una mujer, por edad y por la época en la que creció, mucho más convencional y “chapada a la antigua”, le diera una lección express de feminismo así a mi madre, supuestamente más liberada y moderna.

Esta tarde he descubierto una distribuidora inglesa de películas especializada en cine de temática o independiente y algunas de sus películas tienen muy buena pinta, así que aquí dejo unos cuantos trailers por si a alguien le interesa o ha visto alguna y puede opinar:

Tomboy (la directora tiene otra película también con muy buena pinta, Naissance des Pieuvres)

She Monkeys

My Friend From Faro

También han distribuido XXY que, si no la habéis visto, la recomiendo enormemente.

Cuando era muy pequeña, unos 4 o 5 años, quería ayudar a mi abuelo en la casa de campo que tenemos; no recuerdo si en el huerto o en alguna tarea de bricolaje que hacían. A mi primo, que solamente me lleva 20 días, le dejó. A mí me dijo que no porque era una niña y me iba a ensuciar las manos.

Años más tarde, cogíamos un taxi mi madre, otra vez mi primo (no sé cómo no acabé odiándole) y yo. Yo quería ir de copiloto pero tampoco pudo ser, tenía que ir él porque era el hombre (hombrecillo pues apenas tendríamos 9 años).

Y poco después, con 10 años aproximadamente, le echaba un discurso feminista a mi madre en el coche. Mis recursos en aquella época eran mucho más limitados que ahora, claro, así que básicamente le repetía consignas básicas de que todos somos iguales, que tenemos que tener los mismos derechos, y esas cosas. Su frase apabullante fue “¿cómo vamos a ser iguales si nosotras tenemos un agujero y ellos un palo?”. Recuerdo quedarme en shock, incapaz de responder. Me decepcionó, me horrorizó que alguien (y encima mi madre) redujera la igualdad de género a una cuestión de genitalidad pura y dura. Más tarde me di cuenta de que mi madre no iba tan desencaminada ya que su argumento sustentaba el pensamiento de muchísimas personas.

Con este historial solo tenía dos opciones: convertirme en una machista reprimida o en una pesada feminista. Hice lo segundo, claro. En el colegio me enfadaba cuando no me dejaban cargar con mesas porque “te vas a romper las uñas” y me indignaba y le llevaba la contraria a la profesora cuando decía eso de “yo no soy feminista porque no creo que las mujeres sean mejores que los hombres” (¿cuántas veces habré escuchado esta frase en mi vida?).

Y la verdad que no he cambiado ni un poco. Bueno, sí, ahora estoy más informada, ahora mi discurso es mucho más complejo y también más radical que entonces. Para mí frases como “la revolución será feminista o no será” son básicas. Todo lo veo bajo ese prisma. Reconozco estar absolutamente obsesionada con el feminismo (y quien dice feminismo dice algo más amplio: teoría queer, postpornografía, despatologización trans, estudios de sexualidad, derechos LGTBQI…), no perder oportunidad de leer todo lo que pille sobre el tema y meter baza cuanto pueda.

En fin, y como aún me queda muchísimo por aprender… quién pudiera tener mucho dinero y una librería enorme repleta de teorías sobre feminismo y sexualidad. Por ahora y si a alguien le interesa le recomiendo lo que más me ha gustado sobre el tema hasta ahora: “Manifiesto contrasexual” y “Testo yonqui” de Beatriz Preciado; “Teoría King Kong” de Virginie Despentes; “El postporno era eso” de María Llopis y “Deshacer el género” de Judith Butler.

P.D: Entre este post y el anterior, como siga así seré la gruñona de la blogosfera, menos mal que me leen 4 gatos.

Ahora se dice mucho eso de que en toda serie que se precie tiene que haber una lesbiana. Es un poco exagerado, sí, pero tiene su punto de verdad. Incluir a una lesbiana le da un toque progre y multicultural a la cosa y todo eso.

Pero llegados a ese punto lo que me sorprende es otra cosa, y es la ausencia de lesbianas masculinas (salvo series de temática lésbica, por razones obvias). El mensaje, a mi entender, es: “vale, vamos a aceptar a las lesbianas. Pero que tampoco se pasen. Queremos lesbianas chic, no cualquier tortillera. Una chica guapa, femenina, vamos, que lo de ser lesbiana sea un extra añadido pero que, por todo lo demás, cumpla perfectamente con todos los clichés de la feminidad heteronormativa”. Y me revienta un poco. Yo soy la primera que rechaza los mensajes de que todas las lesbianas somos feas (y estamos cabreadas todo el día), porque además de tan obvio es un tópico absurdo. O que todas llevamos el pelo corto. También me repatean las bromas sobre si menganita se habrá cambiado de acera porque no triunfaba con los tíos.

Pero eso significa negar una realidad. Hay lesbianas guapas y femeninas. Pero también lesbianas feas y masculinas. Y, por supuesto, lesbianas guapas y masculinas. En cambio en la televisión parecen querer mostrarnos que todas somos tan chic como la que más y la otra parte de la realidad directamente no existe. Por ejemplo, en un capítulo de la serie Rizzoli & Isles la trama se centraba en el asesinato de una chica lesbiana y tenían que infiltrarse en un bar de ambiente para investigar. Y voila! Todas las chicas eran perfectamente guapas, altas, con melena, tan sofisticadas ellas.

En fin, no sé qué pensar. Por un lado es bonito pensar, oye, al menos ahora se rompe el cliché de que todas somos masculinas. Pero quizás también es una manera demasiado inocente o ingenua de pensar, porque no creo que los directivos de las series sean, precisamente, activistas LGTB que quieren ayudarnos a romper tópicos, más bien quizás lo que pretendan sean incluirnos pero siempre de forma normativizada. Es un poco lo que existía con los gays (que son todos divinos también, y todo el tema del turismo y el comercio rosa, etc.) solo que ahora nos toca a nosotras sumarnos al buen rollo y lo sofisticado.

También dentro del colectivo parece que se cree un cierto rechazo a las que siguen el tópico. Como aquella que dice “a mí me gustan las mujeres mujeres” (claro, que a mí me gustan las mujeres mutantes). Y yo, aunque lleve el pelo largo y se me clasifique como una femme sea eso lo que sea, no dejo nunca de admirar a las que han abierto el camino y a las que son lesbianas las 24h del día y estén donde estén, las que no pueden ampararse cómodamente en la invisibilidad que les da su aspecto.

P.D: Me ha quedado un tocho con un batiburrillo de ideas pero bueno… es lo que hay, así está mi cerebro.

Anoche volví a Madrid después de 2 meses. No es mucho tiempo y, sin embargo, fue extrañísima la sensación al llegar a Atocha en tren. Y más rara aún mientras cogía el metro. Era, un poco, como si nunca hubiera estado en esta ciudad y fuese una total desconocida, y otro poco como si, al contrario, la ciudad me pesara demasiado. Es curioso cómo los lugares van cambiando de significado para nosotros a medida que pasa el tiempo, incluso a veces muy deprisa: un día puedes soñar con una ciudad y, de repente, sentir que se te caen las calles encima.

A mí me ha pasado. He vivido en cuatro ciudades. A una se la quiere irreflexivamente porque es tu casa. A otra te acostumbras. Otra, intentas quererla. Y Madrid, que fue muchos años un sueño y después una realidad en la que me sentía tan cómoda como en mi propia casa. Y que ahora la única sensación que me deja es de fracaso y extrañeza. Es un poco ingrato, porque la ciudad no te hace ningún daño, eres tú el que te ganas a pulso la decepción; pero aún así cuesta respirar en la misma ciudad en la que creíste una vez que ibas a comerte el mundo.

(Pero que no quede mal sabor de boca: no todo son miserias. También, a veces, se recuperan ciudades. Puedes recorrer lugares que no pensaste que volverías a pisar. Como ese cartel de tráfico gigante que fotografiaste hace cuatro años. Ahora estás otra vez delante de él cuando, sinceramente, no sabías si volverías a verlo, y te das cuenta de que está todo en su sitio prácticamente igual que antes, salvo tú, que has cambiado, para bien. Puedes volver a escuchar la megafonía de la estación de Sants; “AVE amb destinació Alacant”… – pero ahora tu camino es otro -).

Julia Fullerton-Batten

Ayer me tragaba todos estos vídeos que salieron hace poco en los que unos jóvenes católicos hablan sobre la homosexualidad, la píldora, el uso del preservativo, etc.

Y uno de ellos consiguió hacerme pensar. Hablaba sobre el divorcio, y un chico decía que si en las iglesias hubiera dos ventanillas, una para casarse sin poder divorciarse luego, y otra con posibilidad de hacerlo, sería muy cutre elegir esta última. Empezar algo asumiendo que puede ir mal. Yo no estoy de acuerdo con ese chico y por supuesto no eliminaría la posibilidad del divorcio, porque siendo realista las cosas pueden acabar yendo mal por muy bien que empiecen o mucho empeño que pongas. Pero sí creo que, es verdad, no pueden hacerse a veces las cosas con dudas o con medias tintas o no saldrán bien. Y me siento un poco antigua, pero creo que el compromiso es importante. Entendiéndolo no como tener que aguantar a alguien aunque no quieras, más bien como la voluntad de que dure para siempre y los pasos que vas dando para que eso ocurra. El hecho de no empezar con mil dudas, porque a veces eso es un poco como una profecía autocumplida. El hecho de hacer esfuerzos, porque a veces queremos las cosas de una manera y cuando no salen bien pataleamos y realmente no hemos dado nada por conseguirlas. Tiene que existir ese punto de idealismo por un lado, de pensar que las cosas irán bien, y de esfuerzo y de no tener miedo, a ceder en algunas cosas, a entregarte un poco a esa persona.

Cualquiera diría que a mí me ha funcionado. Y no. Pero me parece lo ideal, aunque quizás mi entrada suene también a catequista.

Yo soy, lo que se diría, una “inmovilista musical”. Vamos, todo lo contrario a esa gente que día sí, día también descubre nuevos grupos y que siempre está a la última (y que te preguntas cómo lo hacen). Yo no, yo voy siempre con retraso y reivindicando grupos y discos de años atrás. Soy la que descubre canciones y se entusiasma con ellas cuando ya están quemadas para el resto. La que tiene este tipo de conversaciones:

Yo (exaltada): ¿¿¿Has escuchado “Tú, Garfunkel” de The New Raemon???
El Otro (alucinando): Eh, sí… (esa y todos los CDs que han salido después).

Así me pasa que llevo escuchando prácticamente la misma música desde que era adolescente. Es verdad que algunos grupos los voy dejando ir por el camino, que mi gusto evoluciona aunque sea lentamente, pero música nueva… poca. Ahora con el Spotify (¡¡¡bendito seas!!!) me estoy curando, más o menos, la pereza de ir buscando, y me asombro a mí misma de cómo de repente conozco muchos más nombres que antes, y algunos en inglés (que es mi asignatura musical pendiente desde siempre). Pero, igualmente, para que un grupo pase a formar parte de ese olimpo particular de la música de tu vida, tiene que haber algo más.

Y es curiosa, a veces, la manera en la que asociamos la música a momentos de nuestra vida, o a las personas que pasan por ella. Por ejemplo, cuando escucho “Seguramente me lo merezco” de Tulsa me acuerdo a menudo de una compañera de clase. Solamente hemos cruzado un par de frases, no sé si le gusta Tulsa y ni siquiera sé sus gustos musicales, en general, pero no sé por qué tengo el presentimiento de que la canción le gustaría y, quizás, de que incluso se sentiría identificada, como yo. Y cuando identificas a alguien con una canción, es imposible remover ese lazo. Es algo mucho más fuerte de lo buena, o lo mala, que sea una canción, porque todos tenemos canciones malas que cuando escuchamos nos tocan la fibra.

Y al final todo forma un enjambre de sentimientos, de canciones que no quieres volver a escuchar porque te recuerdan malos momentos, canciones que comienzas a entender cuando las vives, canciones que de repente dejan de recordarte a alguien para pertenecer a otra persona, canciones (todas) que sientes que, de manera casi mágica, cuentan fragmentos de tu historia.

Y como no podía dejar precisamente este post sin canción… Dënver, el último grupo que he conocido y que me ha ganado de golpe.

Y que me hacen meter la pata una y otra vez:

  • Que las personas no cambian. Pero ni queriendo, ni poniendo toda su buena intención en hacerlo.
  • Que hay que ponerse siempre en lo peor. Y si luego va bien, alegrarse. Pero que eso al final nunca pasa.
  • Que “no” es “no”.
  • Que cuando piensas “es demasiado bonito para ser verdad” es porque no es verdad. Y si lo es, dura poco.
  • Que se puede ser pesimista, se puede ser optimista y luego se puede ser gilipollas.
  • Que cuanto más alto subes más duele luego la caída.
  • Que las historias de las películas solo ocurren en las películas o no te ocurren nunca a ti.
  • Que cuando “se trata de morir o de matar”, siempre mueres tú.
  • Que no hay que fiarse del karma porque al final siempre se ríe de ti.
  • Que no hay que fiarse de nada ni de nadie.
  • Salvo de lo malo.

Seguro que se me olvidan muchísimas cosas, otras las recuerdo pero no he conseguido encontrar la imagen o la tienda… pero si no están todos los que son, sí son todos los que están: cosas que me encantaría comprar o, mejor aún, que me regalaran!

Aquí.

(Adoro esa frase y esa canción…) Aquí.

Un perfume genial… En Pulp, una mezcla de influencias del Caribe y de Suecia crean una  “cesta” de   frutas. Una composición sorprendente en la que dos mundos aparentemente imposibles se combinan en una mezcla espectacular. Higos dulces y maduros se entremezclan con crujientes manzanas rojas para formar un rebelde y singular aroma.

Se puede comprar en Amazon.

De Zara Kids.

Los ciervos están hasta en la sopa, pero me gustan igual. Aquí.

De Misako Mimoko.

De Caterina Perez.

Aquí.

De Après ski.

De Pull and Bear.

De Asics.

El otro día en el Metro una mujer leía “El monje que vendió su Ferrari, una fábula espiritual”. Soy bastante reacia a los libros espirituales o de autoayuda, desde los de Jorge Bucay o Paulo Coelho a los tipo “¿Quién se ha llevado mi queso?” (aunque reconozco que hace unos años compré este y no estaba del todo mal), así que enseguida mi cerebro se puso en marcha y al momento tenía ya formada una idea mental sobre el posible argumento del libro. Estaba claro: un monje que dedica su vida al ascetismo y que nos cuenta lo malo que es el dinero y lo gratificante que es, espiritualmente hablando, la austeridad y la vida interior alejada del materialismo y todo eso.

Bueno, de hecho busqué el argumento y no trata sobre eso, pero la idea del dinero ya no podía quitármela de la cabeza. Siempre he pensado que los que suelen decir que “el dinero no da la felicidad” son aquellos a los que les sale por las orejas… y así cualquiera. Es cierto, y es evidente, que no es lo más fundamental en la vida, y que tan importante es tenerlo como poder compartirlo y no acabar siendo un Scrooge forrado de pasta y más solo que la una. Pero, en el otro extremo, creo que eso de “feliz y sin un duro” es un mito, y más en la época en la que estamos que a muchas familias lo que les falta para ser felices es precisamente poder vivir cómodamente sin pasar apuros económicos.

Da la sensación además de que existe una especie de dicotomía, algo así como “pobre pero buena persona/rico sin escrúpulos”. Es una obviedad pero… no tener dinero no te hace mejor persona, no te hace disfrutar más de lo poco que te da la vida, ni te da más vida interior ni nada por el estilo, al igual que tener dinero no te hace necesariamente más superficial.

Tener no es signo de malvado
y no tener tampoco es prueba
de que acompañe la virtud.

(Canción de Navidad, Silvio Rodríguez)

Así que a los que les sobre y crean que estarían mejor sin él: acepto toda clase de regalos, sólo ponerse en contacto conmigo y les remito a mi wishlist, también pueden hacer un donativo con la cantidad que prefieran, y no se preocupen por mi dignidad que es tan, tan íntegra como los principios de Groucho Marx.

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